El dilema de la mujer que ha estado en el viernes Parte Tres
A medida que pasaba el tiempo, el deseo entre Heliodora y Raúl creció de una manera inconfundible; los encuentros se volvieron aún más frecuentes y ya no solo en el manto de la noche. Siempre que podían estaban juntos en secreto disfrutando del placer nacido del miedo a ser descubiertos. En las tardes del último mes antes de las vacaciones escolares de mitad de año, cuando la asistencia dentro del estudiante se redujo apreciablemente, Heliodora llamó a Raúl a una reunión en su oficina, tomando la precaución de descargar los servicios de Herminia, la secretaria, y tan pronto como se vieron a solas, ella se despilfarró mostrando su desnudez provocativa al hombre que no podía resistir este tipo de acoso.
- ¡Mi chica blanca está loca por todo! - comentó en un tono juguetón, tomándolo en sus brazos y deleitándose con los pezones hinchados dentro de su boca codiciosa.
Loco por mi hombre... por mi macho... se lo susurró a Raúl en el oído mientras ya tenía en sus manos el palo duro y palpitante.
Inmediatamente, Heliodora hizo que Raúl se sentara en su mesa de trabajo y bocaba el mástil que fue succionado y lamió con inmensa codicia, obligando al cuidador a sofocar sus gemidos con una mano sobre su boca, mientras que la otra acariciaba el cabello de la pareja, alentándola a continuar su caricia oral.
Subiendo y bajando en el mástil viril, Heloísa experimentó una sucesión de delirios que elevaron sus sentidos a un estado de éxtasis total. Y cuando sintió que el cuerpo de Raúl se contraía y se retorcía anunciando la llegada de un nuevo goce, Heliodora dio un salto y recuperó la manipla rígida en su boca hasta que Raúl estalló en un orgasmo; se retorció para retener el disfrute del macho en su boca e incluso cuando se mostró muy voluminoso, se resistió lo más posible a tragar gran parte del semen cálido y viscoso para que no se filtrara y se perdiera.
Reconstituidos se despidieron en la puerta del gabinete con un intercambio de miradas que prometía más placer incluso esa noche, lo que demostró cuando la monja entró en el edificio del cuidador ansiosa por sentirlo en su interior. Otro hecho, en el transcurso de un trabajo de ampliación de las instalaciones del estudiante con la construcción de un nuevo edificio, Heliodora convocó a Raúl para que la acompañara en una encuesta a última hora de la tarde cuando los trabajadores contratados ya se habían retirado del trabajo. En una bandeja destinada al almacenamiento de bolsas de cemento, Heliodora extendió una bolsa que había encontrado y se desnudó señalando el indicador en riste para que el socio la poseyera.
-Mi chica blanca..., me temo <unk> confió Raul justo después de copular en éxtasis con la religiosa involucrada en sus brazos <unk> tengo mucho miedo de que nos atrapen..., tengo miedo de lo que le pueda pasar a mi pequeña princesa ..., tengo miedo de alejarme de ti!
-Yo también tengo miedo, mi hombre negro -respondió ella agitando sus manos contra tu pecho- no sé qué será de mí sin ti! Pero pase lo que pase... dejo todo para estar a tu lado... para siempre!
Más tarde ese día, Heliodora sintió un agudo pico en su pecho como un mal presagio de que la conversación mantenida con Raúl en la construcción podría convertirse en realidad.
Días más tarde, en una lluviosa tarde de otoño, Heliodora fue llamada a toda prisa a la oficina del padre Ignacio, mentor y consejero de la orden para asuntos relacionados con el estudiante.
- Hermana, no voy a perder el tiempo con rodeos - comenzó el sacerdote con un tono oscuro y casi amenazador apuntando a la cara del religioso - su relación carnal con el cuidador del estudiante llamado Raúl, llegó a mis oídos causándome una enorme incomodidad!
Heliódora reaccionó instintivamente, encogiéndose en la silla en la que estaba sentado, bajando la mirada y orando por compasión por parte del clérigo que en ese momento estaba caminando a su alrededor.
-Ves, Hermana Heliodora -siempre ha vuelto a rodear al psiquiatra y a la monja cabisbasa -este conjuro carnal, pérfido y pecaminoso no tiene precedentes en nuestro medio, y por lo tanto requiere una respuesta efectiva para evitar que esto se perpetue..., imagino que tienes pleno conocimiento de las consecuencias de tu arroubo carnal instigado por el diablo?
Heliodora intentó bien articular un argumento, pero la garganta se secó y el corazón sacado de gran temor le impidió pronunciar una palabra.
-Creo que tenemos dos caminos por recorrer -reinició el padre Ignacio, sentado en el borde de su escritorio frente a la religiosa- El primero implica un doloroso proceso canónico de excomunión tanto tuya como de la descalificada, además, por supuesto, del rumoreado escándalo que destruiría la vida de tu familia y la integridad moral de tus padres..., por otro lado, podemos tratar de resolver esto aquí y ahora de una manera muy sencilla..., ¡una sesión de exorcismo!
- ¿Exorcismo? ¿Pero por qué? ¿Cómo? - preguntó Heliodora levantando la mirada tomada por una gran aprehensión.
- Es muy sencillo, hermana - contestó el párroco ya con un tono más irónico - serías sometida a un rito de exorcismo, porque estoy segura de que tus acciones fueron instigadas por el diablo, así como nosotros arreglaríamos la expulsión de Raúl.
¿Y no le pasaría nada? La hizo preguntar sin ocultar su preocupación por Raúl y su destino.
- Ya veremos eso más tarde... así que... ¿se somete al ritual? <unk> Quería saber también denotando algo de ansiedad.
Heliodora inclinó la cabeza agitando de acuerdo sintiéndose derrotada y sometida; inmediatamente el clérigo abrió la puerta del gabinete llamando a la novicia y comentando algo al pie de su oreja. Luego el niño sostuvo el brazo de la religiosa, haciendo que se levantara y lo acompañara. Fueron a la parte trasera de la residencia parroquial, donde entraron en una sólida construcción de piedra y apariencia oscura. En una habitación de Heliodora se encontró sola sumergida en una suave penumbra suavizada por la delgada luz de dos lámparas.
El padre Ignacio pronto vino a ella acompañado y un monje que llevaba una túnica gris con su capucha cubriendo su cabeza y ocultando su rostro que fue a sentarse en una silla más abajo en el pasillo. En la mesa de madera áspera que estaba en una esquina se podía ver una serie de instrumentos de penitencia como látigos, palmatorios y otros no tan conocidos.
- ¡No tenías las agallas para traerlo!
Sintiendo el cuerpo temblar y con cierta dificultad, Heliodora se deshizo de sus vestiduras mostrándose desnuda ante los ojos codiciosos del clérigo que no perdió tiempo en esposarla y sostenerla con los brazos levantados en un gancho colgado del techo.
Teniendo su cuerpo tocado por las manos abusadas del sacerdote, Heliodora renunció pensando que su sacrificio salvaría a su familia y especialmente al hombre al que deseaba pertenecer por el resto de su vida. Los primeros latigazos fueron tan intensos que no pudo contener el impulso de gritar lo que parecía excitar aún más al clérigo que acentuó la velocidad y la tensión de los latigazos, causando profundas coronas en la piel de Heliodora que aún lloraba y lloraba, pero resistió por un bien mayor.
- ¡Abran las piernas, PROSTITUTA DEL DEMONIUM! - gritó el clérigo una vez más cerrando la sesión de azotes, pero listo para nuevos castigos - ¡ABREN EL POZO ..., YO VOLVO A ALIMAR EL DEMONIO DE SU INSTANCIA!
Heliodora obedeció y el Padre Ignacio se acercó teniendo en sus manos un chivo expiatorio con el que comenzó la vagina de la religiosa con golpes cada vez más contundentes; el dolor llegó a ser insoportable y hubo un momento en que Heliodora casi se desmayó lo que se evitó con una serie de bofetadas en la cara golpeadas por el clérigo que parecía estar invertido en una furia interminable.
A veces el sacerdote chupaba los pezones de su prisionero incluso los mordía con cierta violencia mientras continuaba con los golpes del palmatorio contra la gruta rojiza de la monja. jadeando abandonó ese castigo liberando a Heliodora del gancho y empujándola a la mesa donde la hizo sentarse en decúbito dorsal con su pecho sobre ella y su culo apretado; le ordenó que abriera las piernas y sin ninguna ceremonia la penetró con su extremidad causando aún más dolor; golpeó con fuerza mientras ella salpicó sus nalgas.
- ¡Ah..., ahora..., voy a humillar a este demonio que habita en ti! - gruñó el clérigo retirando su miembro de la cueva de Heliodora y avanzando contra el pequeño sello que yace en el cuello de las nalgas de la monja.
No, por favor, suplicé a Heliodora que sintiera las puñaladas contra su sello virginal.
De ninguna manera sus súplicas y lamentos vieron su ano invadido por el miembro furioso del Padre Ignacio que rompió la resistencia inicial, continuó hundiéndose en sus carnes hasta que llenaron el recto por completo y luego comenzó una secuencia de viajes furtivos cada vez más profundos y dolorosos; Heliodora todavía podía escuchar el gemido del monje cuando llegó a su clímax eyaculando vigorosamente. Y pronto lo mismo le sucedió al clérigo que después de un gruñido ronco eyaculado profusamente en las entrañas de Heliodora. Sentado en su silla, desnudo y sudoroso, el Padre Ignacio le ordenó a Heliodora que se juntara en su hábito.
- ¡Ahora vete! - le ordenó aún jadeando - ¡Mañana voy a resolver lo que voy a hacer contigo y también con ese negro maltratado! ¡Me servirás hasta que crea que estás libre del mal..., entiendes? ¡Vete! ¡No quiero volver a verla delante de mí!
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