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Yo, mi hija y sus zapatos 1

Publicado: 21/05/2019 21:00

Autor: paulabruna

Categoría: Incesto

Hola mis queridos amigos una vez más Soy Paula Bruna, y tengo una nueva historia de un amigo del noreste, Tuve el placer de visitarla y conocerla a ella y a su padre. Disfrute de estas nueve historias reales y deleite en cómo Yo estaba encantado. Siempre me ha encantado ese tono de piel marrón caramelo de mi hija Valesca. ¡Qué hermosa niñita negra! Este pequeño, regordete, delgado cuerpo de curvas dibujadas, parecido a la estatua femenina griega, atrajo mi mirada como un imán hasta el punto de volverme loco. Así que terminé convirtiéndome en una esclava de esta adolescente, siendo consumida día tras día por este loco deseo de comer su mordisco, enamorándome locamente de ella, con el olor de su sudor, con su pequeño cuerpo de muñeca Barbie, con su tan deseado culo, y con su hermoso mordisco virgen con el que tanto soñé cuando estaba despierto. Durante mucho tiempo mantuve todo este amor platónico y deseo que diariamente nutrí por ella bajo control, manteniendo todo siempre en el reino de la imaginación y la fantasía y nunca me atreví a tocarlo. Mi único estímulo era deleitarme con un simple vistazo a sus pequeñas bragas, esparcidas por el piso de su habitación. Mi niñita era tan perezosa que la mayoría de esas bragas se las quitaba de la manera más fácil, que era deslizándose por las curvas de su pequeño cuerpo, rodando, rodando la tela hasta los talones y dejándola allí, formando el número 8. Cuando me quité el dedo del pie de arriba, la parte de abajo estaba al revés, así que pude visualizar la mancha de la crema blanquecina que tu pequeño dibujo infantil escupió. Me encantaba y por eso nunca la reprendí por tener este hábito, solo fingí ser una tonta, como si no entendiera nada y alimenté aún más esa forma de ser perezosa al no permitirle ni siquiera lavar una cuchara dentro de esa casa. Porque hice todo por ella y solo por ella, desde recoger todas esas bragas sucias, suéteres, pantalones de deporte, una por una tantas veces como fuera necesario y las lavé yo misma, las puse a secar y luego las doblé y las puse en su cajón. Las únicas cosas que hacía en la casa eran comer y beber y jugar con su móvil y dormir y nada más. La rutina se repetía día tras día con ella levantándose temprano en la mañana, tomando su ducha, luego yendo a su tocador y sacando el primer par de bragas del cajón, luego poniendo esa pequeña pieza de ropa protectora y escondiendo ese pequeño boceto y ese pequeño culo durante casi un día entero hasta temprano en la noche, cuando abandonaría esa pieza arrojándola al suelo de la manera en que fue sacada de ese pequeño cuerpo, hasta que lo rescaté del suelo. Para mí cada bragas era como una flor y su habitación un jardín, que naturalmente respiraba en el aire un delicioso buen olor, una fragancia de joven y virgen dibujo que me embriagaba hasta el punto de que casi me volví loco de tanto deseo de su dibujo. Además de los que rescaté de su habitación, también había otros que yacían junto a la canasta de la ropa, que por suerte para mí no tuvo el coraje de quitar, montar y poner. Mientras tanto, una vez más allí estaba yo para recoger y dar el destino correcto a cada caída de la ropa interior, pero no sin primero mirar el fondo que por lo general estaba mojado con gotas de orina o goteo de tocino, o con esa secreción blanquecina que su período fértil producido y terminó allí en la parte inferior de ese dedo pequeño del pie. Fue en ese momento que alcancé mi límite y me rendí al deseo y al olor, lamí el fondo de la melaza, probé la delicia de cada crema, las gotas de orina y chupé hasta que vi la tela limpia de nuevo. Cada vez que hacía eso, mi masturbación empujaba el límite del placer más y más lejos. Los malditos aviones fueron lanzados con una violencia que fue muy lejos, y también se estrelló contra la pared ensuciando y ordeñando toda la pintura en la pared. No puedo decirte lo jugoso que fue burlarse de esas bragas en mi nariz, mientras olía todos esos olores mezclados que tu hocico había vomitado en ese pequeño trozo de tela tan pequeño que me volvía loca. Era tan extremo que parecía que la producción de leche nunca terminaría. Traté de no gemir tan fuerte que ella pudiera escuchar en su habitación y sospechar algo. No quería desperdiciarlo todo. Al final llegaba a la cima sosteniendo con una mano mi bastón que se marchitaba lentamente hasta que estaba completamente blando mientras con la otra mano sostenía las bragas de mi niña.
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